viernes, 1 de febrero de 2013

Prefacio


Prefacio

N
o podía creérselo, se apoyó contra la pared mientras tapaba su rostro con sus manos. Él le había traicionado, la única persona a la que había amado en toda su vida le había traicionado, vendido, ofrecido al mismo diablo. Las lágrimas empezaron a surgir de su rostro. No entendía que le ocurría, nunca se había sentido así, ella era mejor que todo eso, había conseguido cerrar su corazón a todo tipos de emociones, no quería sentir dolor, no lo había sentido desde la muerte de su madre. Por eso era tan buena sanguinaria, una autentica depredadora, capaz de matar a sus víctimas mirando a sus ojos. Pero cometió un gran error, enamorarse.

Se incorporó, ya estaba aquí, no iba a luchar, no iba a intentar defenderse, todo había acabado. Miró a los ojos de su asesino, aquellos hermosos ojos, parecían tristes apagados. Esperaba que no le dijera nada, que lo hiciera rápido, no podía soportar más esta agonía.
—Lo has escuchado todo, ¿verdad?— Preguntó el joven serio y entristecido.
Ella asintió, sus ojos se inundaron en lágrimas, pero no permitió que se precipitaran de ellos. —¿Por qué?— Su voz salió débil y rota.

Pero él no contestó, agachó la cabeza y no dijo nada. Miró hacia sus manos. Una lágrima callo de los ojos de la chica. El muchacho echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y una cegadora luz blanca iluminó toda la sala, ella cayó al suelo lentamente y hasta en ese último suspiro no pudo evitar pensar que había sido él, que él le había traicionado.

Aquella luminosidad se fue apangando lentamente. Él se acercó al cuerpo apagado de la chica, se acercó a su cuello y le quitó aquel collar que colgaba de él en forma de octaedro de ese tono rojizo que tanto mal había hecho. Se escucharon unos pasos acercarse, él no se inmutó, parecía saber de quién se trataba.
—¿Crees que he hecho lo correcto?—Preguntó el joven, parecía angustiado.
—No podías hacer otra cosa.—Contestó una voz de mujer, parecía comprensiva y tranquila.
—Entonces, ¿te encargarás tú, como acordamos?— No esperaba una respuesta, pues ya la sabía. Se incorporó y miró el rostro de aquella extraña mujer, su cara se había vuelto seria, ya no se veía un ápice de dolor en su rostro.
—Sí, no se preocupe James, yo me encargaré de todo. ¿Y el colgante?
—Aquí está.—Se lo entregó.

 La señora lo cogió. El joven se dirigió a la puerta, pero antes de marcharse se giró por última vez, miró el cuerpo tendido de la chica.
—Panteriste…
—¿Si?—Contestó
—Destrúyelo.
—Lo haré, no se preocupe.

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